dimecres, de setembre 23, 2009

SÍSTOLE Y DIÁSTOLE


El corazón es un órgano musculoso y hueco formado básicamente por aurículas, ventrículos, válvulas, venas y arterias, todo ello dividido por algún que otro tabique. Una máquina de bombeo perfecta e incesante por la que inmensos flujos de sangre son contraídos y expulsados con una extraña constancia. Pero eso es simplemente lo que se ve.

Entre el fluir bestial de torrentes incansables y la mecánica ciega de los latidos también navegan las mañanas limpias de quien fue felizmente niño, las sombras largas de las tardes en la playa de Las Arenas, los primeros números o letras aprendidos, el descubrimiento del amor, los paseos por la ciudad, la fuerza furiosa de la carne, las muchas horas de tedio o de trabajo, la ilusión de los hijos, las alegrías, los olores perdidos de casas diferentes en las que se habitó, algunos desengaños, la esperanza de los días que están por venir.

El otro día a mi padre algunos coágulos se le escaparon del corazón y fueron a dar al lugar donde residen los sueños. Sentado junto a él en la cama, yo veo ahora su dificultad para hablar o moverse y miro sus ojos de niño inquieto o cansado intentando expresar lo que sus labios no logran articular apenas, y lo veo más niño y más indefenso que nunca. Y siento con una determinación inmensa y agradecida cuánto le quiero.

dimarts, de setembre 08, 2009

SUMMER´S ALMOST GONE


En el verano de 1969 yo tenía algunos meses. Fue el verano de Woodstock, del estreno de Easy Rider, de la macabra matanza que las amigas del tarado Charles Manson perpetraron en el 10050 de Cielo Drive en Beverly Hills, del fin del sueño hippie. Pero según cuentan fue sobre todo el verano de la Luna.

Hay por casa de mis padres una foto en flamante blanco y negro que muestra a un niño de diez años con calzoncillos y camiseta imperio junto a un bebé más bien gordo, los dos recostados en el almohadón de una cama. El bebé soy yo y el niño mi primo Vicentín, ahora un cincuentón en forma y que ha acabado por convertirse en el semental de la familia con sus cuatro hijos. Por orgullo de estirpe quede constancia.

La foto -según cuentan- fue tomada en la espera interminable del salto y paseo de Neil Armstrong por la Luna, en una televisión que supongo pequeña, de visión constantemente nevada y coronada por dos antenas victoriosas. Yo imagino el calor de la noche de julio, los grillos incansables, los comentarios incrédulos o entusiasmados de la familia ante el espectáculo.

Fuera de la casa, algunos pinos que han crecido conmigo respirarían con la juventud que ya no tienen. La noche sería silenciosa o tranquila y no habría coches que fuesen o viniesen con cierta absurda necesidad. Alrededor, una tierra sobre la que se sucederían los cambios para que nada cambiase y sobre la que yo andaría en veranos sucesivos un millón de veces, sobre la que rodaría en triciclo, en bicicleta, en moto, en coche.

Muchas veces, en las horas oscuras, me reprocho el apego excesivo y enfermizo a ese concreto paisaje, que por otro lado nada tiene de particular. Otras veces valoro todo eso como un patrimonio sentimental que guarda lo mejor de mí mismo, que alberga -por su mismo primitivismo- cierta pureza que la vida diaria no sabe conservar. En este verano de mis cuarenta años y que casi ya se ha ido, quizás al fin he entendido mi particular necesidad de reconocer, de fijar los referentes y la serenidad que me aportan, más allá de las valoraciones que la razón pueda hacer de todo eso.

En una noche calurosa del verano de 1969, mientras unos tipos paseaban por la Luna, un bebé más bien gordo se dormía a su luz respirando olores que se trenzarían a su médula como una unión felizmente indestructible.

dilluns, d’agost 31, 2009

LLUM D´AGOST


Tinc el record d´estius que cap a la meitat d´agost començaven a canviar. El cel s´omplia de núvols i una pluja odiosa però ritual feia que l´aigua deixara de ser objecte de desig o de plaer. Els majors -com formant part del guió de tots els anys- amollaven inexorablement alguna sentència que duia implícita la terminació del temps de plenitud i de calor. Al eixir al jardí després d´una tempesta l´aire era fred i nou i l´aigua de la piscina estava tèrbola i la seua superfície apareixia coberta d´agulles de pi o de flors de buganvília arrancades pel vent. Era com una ofrena anticipada als dies que acabaven.

Enguany l´agost ha estat perfecte, i no només per qüestions atmosfèriques. I dir agost és dir estiu. I no sé exactament a qui tinc que agrair-lo, però tinc ganes. En una llista no exhaustiva deurien eixir: una xiqueta feliç que ha passat igualment feliços els dies que per sagrada edat li pertocaven, alguns camins entre boscos d´Astúries i Cantàbria, un amor que sent amor comença a semblar-se a un enteniment meravellosament indestructible, el cocido lebaniego, les dunes de l´Almardà, un costum consolidat de beure en casa pròpia o d´amics en nits memorables i lluny d´artificiosos antros, una mare d´una xiqueta que amb natural elegància sap estar com poques al seu puesto, els llibres, l´equip de música del cotxe, els cels blaus i les vesprades d´ombres llargues, una casa i els seus habitants permanents o transitoris que per a mi són part de la millor mitologia, una platja perduda al Delta de l´Ebre en un dia de sol, els amics, la inminència de tornar a Itàlia.

A tots, gràcies.

dilluns, d’agost 17, 2009

LOS LIBROS Y EL VERANO


Debo a conjunciones diversas una ya antigua devoción por el verano. Escarbando en la memoria, esa preferencia no viene dada -o al menos no del todo, como yo probablemente querría- por una afinidad natural, elegida. El raro azar que rige la llegada de ciertos libros a las manos -igual que el más raro aún que rige nuestra inclusión en la extraña cofradía de los lectores- es quien condicionó en mí la asociación continua entre el verano y los libros que aún padezco.

No estoy hablando del tocho de turno que pasean por playas y residencias coyunturales aquellos que dicen no encontrar tiempo para leer durante el resto del año. Son los lectores de temporada, feliz y desdichadamente alejados de la enfermedad libresca. Cuidadosamente eligen, días antes de partir y junto a la ropa y los abalorios más adecuados, un libro preferentemente grueso, en formato rústico, del que llevan meses o incluso años oyendo hablar y deciden que llega en esos días de vacación el momento de hincarle el diente. Descubrí a ese lector de grandes ladrillos veraniegos en mi primer inter-raíl. Jóvenes mayoritariamente norteamericanos recorrían en tren Europa cargados con una enorme mochila de la que invariablemente salía, en las esperas de las estaciones o en los mismos trayectos, un tocho concienzudamente manoseado y literalmente deslomado y en el que la fotografía de Ken Follet o Stephen King animaba -es un decir- la contraportada, mientras nosotros, los enfermos, arrastrábamos libros ligeros y selectos que nos asistían en el descubrimiento inolvidable y solar de Romas o Estambules.

Yo hablo de veranos que se extendían como una línea recta y limpia durante casi tres meses, en un tiempo arcádico y dorado, hablo de una casa blanca y de una terraza que en realidad era una lanzadera espacial y temporal flanqueada por pinos como sombras tutelares. Los pies en alto, la botella de agua, la pila de libros elegidos sobre la mesa. A veces, en las tardes de poniente y como una metáfora de la felicidad, las piñas crujían por el calor abriéndose en lo alto mientras la familia observaba con escepticismo creciente tanto entusiasmo lector. Al abandonar la infancia se acoge con cierto orgullo al vástago de aficiones tales; pero al adolescente que persevera, algo cargado ya de gestos pedantes, se le empieza a recriminar tanto libro, tanto perder el tiempo, con tantas cosas por hacer y una carrera seria por terminar...

También existieron ciertos privilegios que facilitaron las cosas. La continuada posibilidad de pasar el largo verano en un mismo sitio y fuera del habitual refugio del resto del año no fue el menor de ellos. Porque de algún modo, al repetirse el escenario, sobre él se repetían las sensaciones nuevas, los gozos sin las sombras, y se teorizaba o pensaba en función de su plasmación, de su fijación para siempre sobre el entorno. Un reconocimiento tan artificioso como real, una gloriosa impostura mezclada con sol y agua que acababa por condicionar la vida: la literatura como amor más que perdurable en medio de una concreta sensación física. Y una serie de autores, cuya obra se fundía entre la emoción y el verano, fueron leídos en el lugar y el tiempo adecuados, cerrando un círculo recurrente y vital del que ni querría ni sabría salir nunca: Camus, Durrell, Villena...

Por todo eso quiero evocar y cantar ahora el verano del descubrimiento y atracón de Borges, que con su exotismo austral no dejaba de ser estival heterodoxia; el de Muñoz Molina y su prosa proustiana y hechizante; el de la iluminación de la poesía como género y como forma más alta de la literatura; el de Mujica Láinez y sus Bomarzos, escarabajos y unicornios; el de Henry Miller, que es el de Nueva York y el de los días tranquilos en un París no vivido pero añorado y que fue un grácil puente a Grecia y a los Durrell; el de los Carvalhos y las Barcelonas infinitas de Vázquez Montalbán; el del brillo de la inteligencia de Bioy Casares; el de la alegría melancólica de Bryce Echenique; el de Joan Fuster y su correspondencia inacabable y tan reveladora; el de Vargas Llosa y su mente prodigiosa hecha toda de libros; el de Robert Graves con sus reminiscencias paganas en las que encontré tanta vida; el de Robert Louis Stevenson o el de Jack London como literatura total; el de los raros, los heterodoxos, los malditos; el de García Márquez y sus ecos caribes; el de Terenci Moix y sus insuperables e inconclusas memorias; el de los libros que hablaban de Tiberio, de Alejandro Magno, de los almogávares; el del hallazgo de los partidarios de la felicidad del instante: Barral, Gil de Biedma, Goytisolo; el del deslumbramiento por Arthur Rimbaud, quizás el personaje más fascinante de la historia de la literatura; el de los diarios o los versos de José María Álvarez, que con su atractiva mezcla de reacción y culturalismo extremo pasearon conmigo en un verano extraño por las playas de Cádiz frente a la mar océana; el de Estellés, el de Cunqueiro, el de Kavafis, o el de tantos autores de un solo libro o de muchos a los que tuve el inmenso placer de destripar bajo la sombra huidiza y maternal de los árboles.

Pero entre tantos veranos y tantos libros, me quedo con el de mis catorce años. Sé que tenía esa edad porque hasta hace poco mantenía la nada original costumbre de firmar y poner la fecha en la primera página cuando me hacía con un libro, hábito que he abandonado hace algún tiempo sin saber muy bien porqué. No recuerdo cómo me enteré pero la entonces Caja de Ahorros de Valencia ofrecía -en una costumbre muy de la época, hoy en cierto desuso-, a cambio de una imposición a plazo fijo de una cantidad razonable y cuyo importe no recuerdo, veinte volúmenes de obras de Julio Verne encuadernados primorosamente: el no-va-más para mí en aquel momento. Después de dar la tabarra a mi padre durante unos días, accedió sin ofrecer demasiada resistencia (era todavía la época aquella en la que mi afición o vicio se veía con buenos ojos, casi como algo de lo que presumir). Recuerdo perfectamente la llegada a la sucursal con mi padre, el papeleo interminable, y a un tipo con bigotes saliendo finalmente de un despacho cargado con dos cajas de cartón que en realidad eran el envoltorio de un faisán en veinte trozos que me iba a durar todo el inminente verano.

Mi abuelo -el único de casa que compartía la enfermedad- se agenció unos cuantos volúmenes algo divertido con la idea de revisitar unas historias que desde hacía más de cincuenta años tenía oxidadas. Y así pasamos el verano, de Miguel Strogoff al De la Tierra a la Luna, de las Cinco Semanas en Globo a Héctor Servadac, de Un capitán de Quince Años al Viaje al Centro de la Tierra, acabando un libro y empezando con otro, comentando los muchos hallazgos y las escasas decepciones. Ni subiendo a la estación espacial viajaré tanto y tan fascinantemente como lo hice aquel verano, porque rodé el mundo entero en ochenta días y bajé a los abismos fosforescentes en un Nautilus de tapas duras y letras doradas.

De aquellos días hay una imagen que conservo intensamente y que me asalta con cierta frecuencia. Ignorando la siesta, después de comer me encerraba en una de las habitaciones de la casa para leer. Tendido en la cama, con los pies en la almohada y boca abajo, la cabeza al vacío y el libro en el suelo. Yo leía con felicidad inmensa Dos años de vacaciones, una novela de Verne de la que no tenía referencia alguna y que me gustó especialmente. Tanto que no volveré a leerla jamás. La cortina se hinchaba por el viento y tamizaba una luz dorada que inundaba por completo la estancia. Todo era perfecto y de algún modo todo todavía está, aunque ahora en la casa se oigan voces nuevas y otras ya no se escuchen. A veces, a las mismas horas, repito teatralmente la escena -la luz venturosamente es la misma- y al salir deseo encontrarme a mi abuelo sentado en la terraza con La Isla Misteriosa entre las manos y sus ganas de hablarme y divertirnos y comentar el libro, mientras algo tan fuerte como la ficción me ayuda y devasta y anula el tiempo y sus desgarros y sólo los pinos y sus verdes sombras me aferran suplicante y vencido a un espacio pasado y recobrado.

dilluns, d’agost 10, 2009

ALMARDÀ


Al nord de la ciutat s´estén un barri de carrers que no són carrers i que acaben en la mar, on les palmeres s´acosten al sol més vertical en perfecte i constant desafiament, on les famílies benpensants compren eternament premsa conservadora i prou dolenta per a reproduir el tedi de la resta de l´any en pantaló curt i sandàlies mentre continua el somni de la vida.

També hi han bars perduts al final de camins en obres i davant la mar, baladres com altars, gots de vidre que en realitat són calzes, casetes de gelats que amaguen secrets de joventut, closques deshabitades de caragols que pujant estranyes plantes acompliren el seu destí silenciós. L´aigua té tots els colors del blau i la meua ànima es debat entre l´atracció i la repulsió, entre la temptació i la fugida de l´arena. La batalla perduda a gust i a consciència de tots els estius.

I també hi han moderats sopars per a dos a hores avançades prop d´un vell castell, gent coneguda d´ací o d´allà, músiques que no sonen per a tots, terrasses per a les que no tenim la nit o el dia, la intuïció de les dunes i la platja com una desitjada presència física, l´arena nocturna i freda que dona ales als peus nus, els cossos dins de l´aigua i la roba perduda mentre la lluna espargeix la seua llum lletosa per mig cel i per damunt de les ones purificant i donant sentit a tot en la nit més hermosa.


dimarts, de juliol 28, 2009

MEDITACIÓN SOMBRÍA O EL BOSQUE DE LA NOCHE


El verano galopa como un caballo desbocado y el alma se pierde hacia arriba, en la invisible respiración de los árboles. El calor procura las excusas necesarias para una relativa y apetecida desnudez, y el viento en la terraza es una promesa de mares que tardaremos en ver.

Las noches cálidas están llenas de recuerdos y de futuros posibles: sorprendentemente niegan el presente eterno del día a día. La tan recurrente y celebrada invitación a la vida es en realidad una anticipación o un recuerdo de la felicidad.

No hay más que ver quiénes pueblan la noche: perdedores de mil guerras, buscadores de futuros, huidores de los espantos más o menos llevaderos de lo cotidiano. Todos bajo muy logradas máscaras que van desde la desolación al entusiasmo. Se me dirá: ¿y la sana alegría de los que nada buscan, de los que sólo la esperanza de un razonable esparcimiento les empuja a pisar la sombra de la luna? A eso hemos jugado todos como un rito de paso, como una inercia, y nadie es culpable. Pero es falso, o su reiteración hace que se convierta en falso, una impostura que acaba por devorar cierta inocencia, cierta apetencia de mejor y más alta vida. En acertado y misericordioso verso de Villena: para saciar otra sed beben sin ganas. Y los que salen a la noche sin beber en realidad no salen.

dilluns, de juliol 20, 2009

FÍBER A LOS CUARENTA


Con ganas de ir me había quedado más de un año, atraído por algún grupo o cantante puntual. Pero el FIB empezó cuando yo tenía veinticinco años, y la necesidad de hacerlo a base de dormida playera o tienda de campaña empezaba a quedarme un poco grande. De mis breves dormidas rebozado de arena de Dénia no guardaba demasiado buen recuerdo, y mi experiencia en tiendas de campaña se reducía, se reduce y se reducirá -salvo catástrofe estilo terremoto- a una semana espantosa con el colegio, en un sitio infecto de cuyo nombre no quiero acordarme, y donde llovió sin cesar embarrando las tiendas y los sacos, donde las supuestas diversiones de campamento me parecían coñazos sin fin de tufo catequista, y donde me robaron un paquete de galletas Príncipe que mi madre me había puesto en la mochila con todo su amor, robo que nunca perdonaré. Sentimental que es uno.

Después ya podíamos permitirnos un apartamento o un hotel por unos días, pero siempre se nos movía el cuerpo demasiado tarde, o unos podían y otros no, o cualquier inconveniente de estos de tan frecuente aparición cuando no se tiene un interés desmedido por algo.

Pero este año, como un autohomenaje por los cuarenta y alrededores de unos cuantos y por devoción antigua a los Oasis, nos convertimos en fíbers por unas horas. Pocas horas, la verdad, porque teníamos entrada de un día, y tal y como llegábamos a Benicàssim el punto de reunión era la terraza perfectamente acoplada a la playa del mítico hotel Voramar, donde trasegamos toda la tarde y sin freno licores variados mientras ponderábamos con ardor creciente culos y tetas de las ingenuas y cercanas bañistas. Un espectáculo -el nuestro- repugnante, vicioso y machista, sí. Lo pasamos de cojones.

El festival me sorprendió por su público. Acostumbrado por las imágenes de televisión o los relatos de los asistentes a aquel aire indie pero nativo de los inicios -qué modernos éramos-, la realidad era una abrumadora presencia inglesa en su acepción más imperial. Por todas partes las caras pecosas y criptoalcohólicas de los nietos de los que dominaron el mundo -ahora en su versión más lúdica y respetuosa- nos transmitieron la sensación de encontrarnos como en casa, allá, en nuestro adorado Londres. Naturalmente, nada que objetar para una tropa enferma de anglofilia.

El concierto, magnífico a pesar de algún sobresalto propio del divismo de Liam Gallagher. Nada nuevo. Festivamente volaban las cervezas cuando se apagaron las luces y arrancó entre rugidos Rock´n´Roll Star. Asumido que mayoritariamente vas a escuchar un Greatest Hits dado lo mediocre de sus últimos trabajos, sólo queda disfrutar y esperar tiempos mejores. Si no llegan, siempre quedarán un par de discos más que memorables y la posibilidad de más conciertos y más veranos. Al acabar estuvimos dando una vuelta por allí y yo dudé entre la imposibilidad de hacerme un piercing, un tatuaje o una suscripción a una revista para estar a la última. Lo peor fueron los cien kilómetros de vuelta ya resacoso a las cuatro de la madrugada, mis camaradas roncando a mi lado y yo al volante. Heroico.