
Con ganas de ir me había quedado más de un año, atraído por algún grupo o cantante puntual. Pero el FIB empezó cuando yo tenía veinticinco años, y la necesidad de hacerlo a base de dormida playera o tienda de campaña empezaba a quedarme un poco grande. De mis breves dormidas rebozado de arena de Dénia no guardaba demasiado buen recuerdo, y mi experiencia en tiendas de campaña se reducía, se reduce y se reducirá -salvo catástrofe estilo terremoto- a una semana espantosa con el colegio, en un sitio infecto de cuyo nombre no quiero acordarme, y donde llovió sin cesar embarrando las tiendas y los sacos, donde las supuestas diversiones de campamento me parecían coñazos sin fin de tufo catequista, y donde me robaron un paquete de galletas Príncipe que mi madre me había puesto en la mochila con todo su amor, robo que nunca perdonaré. Sentimental que es uno.
Después ya podíamos permitirnos un apartamento o un hotel por unos días, pero siempre se nos movía el cuerpo demasiado tarde, o unos podían y otros no, o cualquier inconveniente de estos de tan frecuente aparición cuando no se tiene un interés desmedido por algo.
Pero este año, como un autohomenaje por los cuarenta y alrededores de unos cuantos y por devoción antigua a los Oasis, nos convertimos en fíbers por unas horas. Pocas horas, la verdad, porque teníamos entrada de un día, y tal y como llegábamos a Benicàssim el punto de reunión era la terraza perfectamente acoplada a la playa del mítico hotel Voramar, donde trasegamos toda la tarde y sin freno licores variados mientras ponderábamos con ardor creciente culos y tetas de las ingenuas y cercanas bañistas. Un espectáculo -el nuestro- repugnante, vicioso y machista, sí. Lo pasamos de cojones.
El festival me sorprendió por su público. Acostumbrado por las imágenes de televisión o los relatos de los asistentes a aquel aire indie pero nativo de los inicios -qué modernos éramos-, la realidad era una abrumadora presencia inglesa en su acepción más imperial. Por todas partes las caras pecosas y criptoalcohólicas de los nietos de los que dominaron el mundo -ahora en su versión más lúdica y respetuosa- nos transmitieron la sensación de encontrarnos como en casa, allá, en nuestro adorado Londres. Naturalmente, nada que objetar para una tropa enferma de anglofilia.
El concierto, magnífico a pesar de algún sobresalto propio del divismo de Liam Gallagher. Nada nuevo. Festivamente volaban las cervezas cuando se apagaron las luces y arrancó entre rugidos Rock´n´Roll Star. Asumido que mayoritariamente vas a escuchar un Greatest Hits dado lo mediocre de sus últimos trabajos, sólo queda disfrutar y esperar tiempos mejores. Si no llegan, siempre quedarán un par de discos más que memorables y la posibilidad de más conciertos y más veranos. Al acabar estuvimos dando una vuelta por allí y yo dudé entre la imposibilidad de hacerme un piercing, un tatuaje o una suscripción a una revista para estar a la última. Lo peor fueron los cien kilómetros de vuelta ya resacoso a las cuatro de la madrugada, mis camaradas roncando a mi lado y yo al volante. Heroico.