
Desde hace algún tiempo tenía la dolorosa percepción de que, al margen de cuatro privilegiados, llegados a cierta edad el cuerpo se afloja y anquilosa, ya no vives de rentas, y operaciones tan simples como alargar el brazo para recuperar un objeto que ha rodado hasta debajo de un mueble puede desencadenar un tirón que, bajando por el cuello hasta medio brazo, te obligue a la analgésica blasfemia durante horas. O incluso durante días.
Por cosas como esa, y por poder entregarme de tanto en tanto con moderación a mis queridos excesos con algo menos de carga moral, me apunté al gimnasio. Contra todo pronóstico, después de mi flamante pero lenta adquisición de la ropa adecuada -a estas cosas tan duras uno debe mentalizarse poco a poco-, ahí me vi yo frente a docenas de tipos sudorosos, hostiles máquinas y el rumor de televisores siempre en marcha.
Algo aterrado, y como buen panoli recién llegado opté entre salir corriendo -una forma de gimnasia como otra cualquiera- o pedir auxilio al monitor, por lo que finalmente me decidí. Me preguntó qué quería. Descartada la posibilidad de pedirle unas bravas y una cerveza, le conté unas cuantas mentiras: perder bastante peso, poder correr la maratón, hacer algunas acrobacias de película porno, etc., etc. Me indicó que podía empezar por la bicicleta y así lo hice. Luego ya he hecho marcha por mi cuenta: autodidacta que es uno. Podrán ustedes recordármelo cuando les cuente mi lesión muscular irreversible.
Lo primero que llama la atención es el lenguaje. Como en toda secta que se precie, hay cierta jerga que se exhibe a la menor ocasión. Puedes oír a tu lado una conversación como esta: ¿Vas a hacer cinta? No, hoy ya no hago más cardio. Por lo visto, cardio es todo aquello que hace sudar, que pone el corazón a todo trapo y que adelgaza. Creo que en este mundo es sinónimo de aeróbico, una esdrújula que me encanta y que también se oye mucho. Hoy sólo voy a hacer aeróbico, tío.
El personal es de lo más variado. Están los muy jóvenes aspirantes a mascachapas de pelo casi rapado, o los que siempre van con camiseta de tirantes para lucir el trabajado musculamen, siempre con ese aspecto mezcla de pocas luces y cierta previsible bondad. Luego están los sexagenarios de prescripción facultativa. Son los que menos se divierten, los que están allí como cumpliendo una obligación algo penosa o combatiendo a desganadas pedaladas al colesterol. Son con diferencia los más proclives a hablar, y yo pego palique con ellos a menudo. La clásica y entrañable cuota sodomítica se deja ver poco, aunque supongo que el tomate se cuece en las duchas, territorio místico por excelencia y que yo no he pisado por razones de proximidad domiciliaria y cierta aprensión por los baños colectivos que cultivo desde pequeñito. Pero en general hay poca alegría para mi gusto, y todos parecen tomárselo demasiado en serio, y en según qué aparatos algunos ponen caras extrañísimas, al borde del definitivo colapso. La devoción casi siempre es mala.
La proporción de hombres y mujeres es como de tres a uno. Un desastre. Descontadas para la contemplación las sexagenarias -que no para el palique-, si coges una sesión poco concurrida te quedan para llevarte a los ojos apenas media docena de eternidades. De vez en cuando los dioses se ponen de tu parte y te dejan caer en la cinta de delante una veinteañera corriendo mil kilómetros mientras la cinta -ese milagro estático- mantiene el prodigio de la carne que va y viene pero sin irse. Nada que ver con la fugaz visión de las calles que se pierde en un visto y no visto. Es cuando el espíritu olímpico se apodera de uno y los ocho minutos previstos se transforman en quince, veinte, los que sean que se ha marcado tu improvisada acompañante y a la que no abandonarás.
Para combatir cierta sensación de pérdida de tiempo he recuperado el iPod que compré hace siglos y casi no utilicé y que además parece formar parte del uniforme de casi todos los que sudan en silencio. Si tengo el día pedante de cojones, me arreo alguna de las conferencias que me bajo de la web de la Fundación Juan March, que por cierto les recomiendo. Pero lo mejor ha sido recuperar el Highway 61 Revisited de Bob Dylan, un disco al que en su momento no hice demasiado caso y al que ahora he pegado unas cuantas vueltas para disfrutar y descubrir que, sólo para este año, la mejor canción de Dylan de todos los tiempos es Queen Jane Approximately. Algo bueno de verdad tenía que tener todo esto.