dijous, d’abril 02, 2009

MEMORIAS ÓPTICAS


Más a menudo de lo que quisiera la visión de las cosas se emborrona un poco, las letras pierden algo de su nitidez y ciertos contornos parecen entrar en desbandada. Entonces sé que ha llegado el momento de volver a la óptica.

No fui un miope temprano. Quiero decir que no fui uno de esos niños que de un día para otro aparecían en clase con gafas para convertirse en objetivo y carnaza de sus compañeros. Aquellos niños apocados, a los que el necesario complemento alejaba definitivamente -salvo honrosas excepciones- del grupo de los más atrevidos o los más capullos, gente ésta que ostentaba sin duda ninguna el liderazgo inalcanzable y mítico de aquellos años.

También -en un paso más allá del dolor- estaban aquellos de lo que llamaban "el ojo vago". Tiernos infantes a los que, además del suplicio de las gafas, les caía el putadón de llevar una especie de parche en uno de sus ojos durante meses, durante años recuerdo incluso alguno. "Como un pirata", imagino que les dirían sus madres el primer día que los dejaban en la puerta del colegio de esa guisa, en un conmovedor y cariñoso intento de amortiguar el escarnio inminente que les esperaba y a los que la mística corsaria iba a servir de bien poco. "No te lo quites. Aunque se rían, ¿eh?". Y el caso es que no se lo quitaban. A pesar de la que les caía.

A mí la miopía sin corrección se me hizo insoportable alrededor de los catorce años. Como todos sabemos, una edad maravillosa y sin complejos ni bobería, definitivamente perfecta para que te arreen semejante artefacto. "Te las pones en el cine o en casa, para ver la tele", fue la frase piadosa de mi madre ante mi inicial y radical rechazo. Pero tampoco era cuestión de ir desconchando las esquinas o equivocándote continuamente de autobús. Y además yo no contaba con el placer ya casi olvidado de ver. El que lo ha probado lo sabe. Después de unos años achinando los ojos y viéndolo todo regular, llegó un día en una óptica en que me pusieron una especie de gafas de tortura a las que un señor iba añadiendo o quitando lentes en función de mis respuestas más o menos acertadas a la trampa proyectada en la pared. Cuando pareció que había dado con la cifra de mi ceguera, me invitó a salir a la calle y mirar a lo lejos cargado con tan horroroso instrumento. Lleno de vergüenza, levanté la vista y ví. Ví la plaza del Collado y me pareció Piccadilly Circus, ví la esquina de la Lonja en su perfección gótica, ví perfectamente las gárgolas y hasta me asusté, ví a la gente -mis semejantes, mis hermanos- con caras y ropas que me parecieron nuevas. Ví más cosas que el tipo de El Aleph.

Y desde entonces no he abandonado la causa. Pasé una larga temporada de lentillas -alternada con gafas en la intimidad-, destrocé mis ojos por abusar de ellas en los años salvajes, volví a las gafas a pecho descubierto, cambié de modelos que ahora lamento no haber conservado -para recordarme pero más para reírme-, sorteé la moda de la operación con láser por mi cerval terror a los facultativos, y ahora he vuelto a las lentillas de un día, que utilizo muy poco y que dejo caer en el váter con aristocrático gesto al acabar la sesión.

En la última visita a la óptica, ante mis preguntas sobre cierta y reciente lentitud de mi vista para adaptarse a los cambios rápidos de perspectiva, el óptico, pertrechado con su sanitaria y blanca bata, sonrió con suficiencia y me preguntó la edad. "Cuarenta", le dije. "Presbicia", contestó vacilón. "Me cago en tus muertos", pensé yo.

Conclusión: ahora además de miope tengo la vista cansada. Para compensar tanta ignominia visual, cuando salía de allí me acordé -otra vez- de mi abuelo. En muchas ópticas todo está revestido de tanta ridícula sofisticación, queriendo dar un aire entre hospital de lujo y moderna tienda de ropa, que no pude evitar recordar el día en que mi madre nos contó el origen de las gafas que mi abuelo llevaba. Las compraba en la plaza Redonda. Lejos de los lujosos expositores de ahora, por lo visto había un tipo que vendía gafas de manera más o menos ambulante. Dentro de una caja de cartón, el cliente buscaba y buscaba, y cuando creía haber encontrado las que quería llegaba la segunda parte. La definitiva. Imagino a mi abuelo dirigiéndose al vendedor: "¿Té vosté un diari per ahí?". Y aquél le acercaría un periódico ya algo mugriento. Y mi abuelo comprobaría que leía razonablemente, acordarían el precio y mi abuelo se volvería para casa con las gafas en el bolsillo de la camisa. Cuando mi madre nos contó esta historia, yo pensé y dije truculentamente que serían robadas. Algo escandalizada por su propio padre me desmintió enseguida: eran gafas de muertos. Definitivamente, eran otros tiempos.

7 comentaris:

morena ha dit...

Sé que siempre le pongo más o menos lo mismo en los comentarios pero joder no es para menos, bravo!

Me encanta la descripción de las ópticas, acertadísima

Comtessa d´Angeville ha dit...

Quin morro portar ulleres!!!! I ho dic en serio. Des de nana lo que més il·lusió me feia en este món era portar ulleres, jo volia i volia i volia portar ulleres. No pregunte, voldria fer cara d'intel·lectual o algo. I la mare me portava a la consulta del senyor Barros l'oculista i jo deia mentires i no acertava les lletres quan lo cert és que veia fins i tot les més menudiues i el carbró sempre acabava pillant-me! I després de fer-lo perdre el temps en unes quantes ocasions li va dir a ma mare: TERESA, ESTA XIQUETA NI NECESSITA NI NECESSITARÀ ULLERES EN LA SEUA VIDA. I a mi me vingueren ganes de plorar. Fa un parell d'anys vaig anar a una òptica, vaig vore unes ulleres que m'agradaven i me les vaig comprar, sense cap graduació, i quan tinc ganes de portar ulleres pos me les pose.

Vicè ha dit...

Per fortuna, jo també vaig esquivar les ulleres en edat escolar. I vaig ser un d'aquells torturadors que les feia passar putes als més débils.

Comencí a gastar ulleres en 19 anys i fou una miqueta còmic el moment: en el test psicotècnic del carnet de conduir. No veia ni una puta lletra.

No li trobe res positiu a portar ulleres. Enyore els temps en les que no les duia i podia, per exemple, jugar al futbol sense cap impediment visual.

Durant un any intentí portar lents. Un fracàs i un perill cada vegada que havia de posar-les o llevar-les amb Parkinson inclós.

Desficium Tremens ha dit...

Lleno de vergüenza, levanté la vista y ví. Ví la plaza del Collado y me pareció Piccadilly Circus, ví la esquina de la Lonja en su perfección gótica, ví perfectamente las gárgolas y hasta me asusté, ví a la gente -mis semejantes, mis hermanos- con caras y ropas que me parecieron nuevas. Ví más cosas que el tipo de El Aleph.

Qué bo! Yo recorde perfectament cada fulla d'un arbre de no recorde quin carrer -no sóc Funes-.
Magnífic, mossén Angresola.

Forlati ha dit...

Plas plas plas!

Yo soy aquel ha dit...

COLOSAL.

Comtessa d´Angeville ha dit...

angresola, vosté sí que és magnífic. Vaja amb cuidaet amb el que diu, no vaja il conseglieri a acusar-lo de xuplapollisme (mot que ara mateix, me sembla del tot discriminatori, però xuplafiguisme és prou més lleig, la veritat)