dimecres, de setembre 24, 2008

AEROSTÀTICA



He imaginado la escena muchas veces. La he visto igual en una mañana de primavera o en revueltas tardes de otoño. A mi abuelo le gustaba resaltar esa parte de su pasado. Quizá se hacía perdonar a sí mismo el poco entusiasmo o el olvido que la losa de tantos años de plomo había dejado en él, probablemente de un modo algo indolente, una doma lenta pero constante. Quise mucho a mi abuelo y le echo mucho de menos. Dicen que me parezco a él en muchas cosas. Gestos, hábitos, hasta vulgares movimientos del cuerpo.

Su padre le llevó a la Escuela que la Fraternidad Republicana de Russafa había montado para los suyos, sufragada a escote con las trabajadas cuotas de los fieles, y de nombre -cómo no- Escuela Laica La Luz. Las puras cenizas del blasquismo. Imagino que sería el clásico reducto ante el que los devotos del barrio pasaban apretando el paso, temiendo el contagio o el garrote. Un lugar modesto y limpio, con una docena de libros venerados y un entusiasmo algo ingenuo y feliz.

Después de casi ochenta años, mi abuelo aún recordaba con emoción al profesor, D. José Arnau, a quien me gusta imaginar como un personaje de otro siglo, volteriano y feroz con la clericanalla, afrancesado a rabiar, obsesionado en su idea de progreso. Siempre vestido de negro, la fina y sucia corbata, los puños de la camisa arrasados, con algún libro entre las manos y carraspeos o toses de fumador antiguo atravesando el espeso bigote.

"Quan els de coleges de retors o de monges portaven als xiquets a missa, D. José Arnau mos duia al llit del riu a fer globos de paper, i mos ensenyava els principis de la aerostàtica". Y mi abuelo pronunciaba "aerostàtica" casi separando las sílabas, devotamente, acompañándolo de un movimiento de la mano con el índice en alto, resumiendo en ese respeto el modo de entender la idea del conocimiento o la ciencia que le inculcaron.

Esa es la escena que imagino. Tiene la atmósfera de un sueño o de algo parecido a la felicidad. Da igual que la ilumine el sol atrevido de las mañanas o el oro de las tardes. Muchas veces, asomado al río y devastados los jardines, creo ver una docena de niños con baberos oscuros, algunos con gorra, alrededor de una figura vestida de negro, mientras en el aire se elevan tres o cuatro globos de papel entre los vítores de la chiquillería, hechos con hojas del diario El Pueblo de la víspera. Detrás, mi ciudad.

4 comentaris:

Forlati ha dit...

No me parle de la ciència i el progrés, que ahir vaig acabar «Juegos…», snif, snif.

Gran post, cavaller!

Comtessa d´Angeville ha dit...

Aiiiii què bonico!!

En la meua familia encara no hi ha ningú que haja tingut collons o ganes de portar als xiquets a col.legi no religiós.

morena ha dit...

Que historia tan chula!

Yo soy aquel ha dit...

Em lleve la gorra, cavaller.