dilluns, de setembre 15, 2008

EL CENTRO

Mi primer recuerdo claro y cierto de esas calles va asociado a la principal de ellas y a un tipo que por allí deambulaba de un modo bastante particular.

Yo era un niño todavía, y entonces los adultos todos quedaban incluidos sin mayores distingos en un enorme saco que abarcaba desde los recién ingresados en la juventud -un reino muy ansiado- hasta los maduros ya más contumaces, y del que sólo se excluían los claramente inmersos en la ancianidad más decrepitosa, gente esta última que salía del mencionado saco en virtud de unas limitaciones de movilidad y un aspecto inequívoco que los dejaba fuera del amplio grupo de los invariablemente llamados -no sin cierta solemnidad y misterio- “mayores”.

Aquel tipo, que por entonces se me antojaba simplemente un adulto, un “mayor” de aquellos, a la memoria que hoy sobrevive se presenta más bien como un hombre que apenas sobrepasaría la cuarentena, y a quien su calvicie brutal y absoluta y una notable gordura podían añadir seriedad o más años. Porque de él me ha quedado el recuerdo de su muy brillante y esplendorosa calva, de su impecable y clásica vestimenta que resaltaba su enormidad, y de su costumbre de tocar la armónica mientras paseaba arriba y abajo, una y otra vez, la mencionada calle.

De las causas últimas de su pintoresca afición nada sé. Recuerdo que mi madre insinuaba cierto probable desarreglo mental, y que inmediatamente compensaba su increída maledicencia alabando la pulcritud de su persona -aquellos trajes impecables- y su semblante pacífico y bonancible.

Dada mi condición de escolar, aquellos encuentros con tan armónico individuo se producían siempre los sábados, día escogido por mis padres para dar un paseo por el centro con su ruidosa tribu, por lo que ignoro si aquellos paseados recitales se daban a diario o, como nosotros, el señor gordo y calvo aprovechaba la alegría ingenua de los sábados por la tarde para dar rienda suelta y pública exhibición a su pasión.

Del repertorio con el que obsequiaba al personal nada recuerdo, pero me gusta pensar que abarcaba desde las piezas más populares del momento hasta espantos en la línea de Clavelito, pasando por versiones de las músicas mejores y más conocidas de los westerns, tan proclives al sentimentalismo facilón de la armónica.



Y es que aquella calle principal estaba marcada por el cine, por los cines. El Lys, el Eslava, el Artis. Pero sobre todo el Serrano. Con sus dos escaleras simétricas y su entrada en alto, y su enorme cartel de la película de turno, un amplísimo -a mis ojos de entonces- rectángulo pintado con más o menos acierto y en el que artistas locales versionaban el cartel original de la película en exhibición, lo que constituía un nudo en el estómago y un reclamo perfecto. Una necesidad creada sabiamente.

El barrio del que hablo es muy sencillo. Lo delimitan la plaza de l´Ajuntament y el amplio codo en el que acaban y empiezan Colom y Xàtiva. Consta de dos calles principales y casi gemelas, y unas cuantas que las atraviesan o las comunican. De las dos gemelas, todos saben muy bien cuál es la principal: Passeig Russafa. Y cuál la secundaria: Ribera. Ésta última contó con un solo cine, el Capitol. Y a pesar de que probablemente era el más grande, y de que el edificio que lo albergaba tenía un valor arquitectónico infinitamente mayor que los de todos los demás cines juntos de la calle gemela, nunca ir al cine tuvo el mismo sabor en una calle que en otra.

Porque Passeig Russafa forma parte de una línea imaginaria que, partiendo de la plaza de la Reina, atraviesa el primer tramo de Sant Vicent, dobla ligeramente y enfila la plaza de l´Ajuntament en toda su extensión este, se adentra en nuestra gemela principal y agoniza en su tramo final en la hoy muy decaída calle Russafa. Poco, bien poco queda ya en ésta última de aquella vitalidad tan real, tan festiva y moderna que evocaba Estellés:

(…) Irromperen de sobte
les trompetes del jazz, el carrer de Russafa
tan divers dels neons en els establiments,
alegre de teatres, de cafés i de vida.

Es un recorrido en el que se da algo parecido a lo que en Italia llaman la passeggiata, por su valor de paseo puramente recreativo y mirón, presa fácil para un público algo aburrido y ritualista, de esos que van y vienen, indistintamente de sábados o domingos, y es a la vez uno de esos enclaves del inconsciente colectivo que arrastra por su animación, más atento siempre a los locales de ocio que a lo estrictamente comercial, parcela esta última en la que muchas áreas de la ciudad le han ganado claramente la partida.

Probablemente por esa condición de eslabón importante o principal en la mencionada línea, Passeig Russafa desplazó con claridad a Ribera en el liderazgo del barrio del que hablamos, como siguiendo la premonición estellesiana de modestia y ambigüedad: El carrer de Ribera era confús i alegre. Y esa causa produjo a su vez el efecto casi contrario en ésta última. Si no un remanso de paz, Ribera ofrece cierta tranquila calma en pleno centro y en una calle amplia, algo que sin duda lamenta el rentista de sus plantas bajas -es un decir- pero agradece el paseante.

Para mí, además de aquel primer recuerdo asociado al extraño paseante, esas dos calles fueron el descubrimiento de la inmediatez y realidad del centro estricto, el atisbo de la vida adulta y de cierta ingenua y primera autonomía: ir al cine con los amigos del colegio, liberado ya de la presencia de los padres, imitando sin embargo algo de sus formas en bares baratos, enfocados a un público adolescente y ansioso, con prisa por crecer, incapaz de distinguir el fulgor y el rumor brutal de la plaza de toros al final de la calle, aún aturdido por las primeras cervezas.

Y luego, atravesándolas, quizá las mejores, las otras: Mossén Femades, Martínez Cubells, Convent de Santa Clara, Forners. Calles tapizadas por restaurantes como exhibicionistas y permanentes verbenas. Calles de negocios y escaso vecindario. Calles que sostuvieron por un tiempo el sueño de una burguesía imposible y de una ciudad que pudo ser. Calles por las que pasear a última hora de las tardes del verano recién estrenado o agotándolo, ya entre luces, con el cuerpo envenenado de melancolía y recuerdos de otras tardes y otras luces.


7 comentaris:

Forlati ha dit...

Yo em sentia amenaçat en aquells carrers i molt més solt en els del Carme. Provablement perque venia del poble i em venien massa grans. O pot ser per una aversió que no sé d'on ve cap a les permanents i els trages de dumenge. Inclús el cartell del Serrano em pareixia massa imponent. El meu cine d'adolescència era el Merp, en el carrer Josep Benlliure (d'ell hui només queda la marquesina de ferro forjat) i el meu passeig de Russafa, el carrer Roters.

Hui aquelles preferències han devingut mania i continue sentint-me incómodo en eixos carrers. Només els chafe per a anar a la casa del llibre.

Salute, amico!

Comtessa d´Angeville ha dit...

Els primers records que tinc jo de València són del carrer Colón... dels nadals amb els pares quan la meua germana i jo érem xicotiues i veníem ací a que mos compraren modelets del Corte Inglés pa ser les millors vestides del poble.

Amb els anys els carrers del centre de València foren nits, amors, festes i futurs possibles. La primera casa on vaig viure jo ací va ser a Roger de Lauria... un àtic preciós, cinqué sense ascensor... I demà sabré si estos carrers tornen a ser casa meua...

Vicè ha dit...

Els meus primers récords de València venen marcats per la ruta de la Auvaca l'autobús o "cotxe de línea" que continua unint Albal i el cap i casal. Quasi una hora que no s'acababa mai amb paradetes continues i un al·luvió de gent que pujava en el Parque Alcosa.

Salut Angresola.

marpop y las marnualidades ha dit...

Pues mi primer recuerdo de Valencia viene del colegio, cuando nos llevaban de visita al centro histórico en un bus que después nos recogía en la Casa de los caramelos, y me acuerdo sobre todo de eso porque se olvidaron de mi y me dejaron en tierra, jajaja (ahora me río pero con 7 u 8 años...). Todos entrábamos como posesos a comprar caramelitos y demás en la tienda, y yo no sé cómo me lo montaba pero siempre salía la última. En el bus se ve que contaban los niños que debían llevar de vuelta a sus hogares y faltaba uno. Al cabo de 10 minutos, estaba yo con una llorera enorme y una piruleta, sentada en la puerta de la Casa de los caramelos, con una de las dependientas que me daba la mano...
Ays, qué cosas, yo creo que si me hubieran conocido hoy po hoy no habría vuelto a mi seguro, jajaja.
SAludos POP

morena ha dit...

Muy buenas, para mí Valencia es una ciudad completamente nueva, a descubrir y les advierto que me gusta, pero mucho más todos ustedes

besos

morena ha dit...

Este....dos cositas, recuerda que yo le hice una propuesta? pues todavía se le oye silbar, por otro lado ansiamos conocer la crónica de la cretina que nos debe, venga anímese con algo!

Quizá prefiera comprar un chandal y esperar...sii amigo

diafebus ha dit...

Conocí Valencia en mis paseos de estudiante aburrido. Largas caminatas guíadas por el nombre de las calles (Carrer milacre, entro, carrer carabassa, no entro). Cada rincón era nuevo y todos los olía con la misma expresión bobalicona de paleto que aún no se me ha quitado. Entraba en los bares chungos para hacerme el duro y en los lujosos para darme unos aires mundanos que debían sentarme como una gorra de plato a un puercoespín. Fueron días dichosos. También conocí a personajes extravagantes que me brindaban pequeñas aventuras. Mi recuerdo: el yonky que me pidió que le cortara el pelo con unas tijeras oxidadas.